Sobre posturas explicativas de populismo

Emmanuel Rojas

¿Por qué es peyorativo hablar de populismo?

Hablar de populismo ha sido usado por buena parte de los interesados en los estudios políticos como un sinónimo de demagogia. Pongo aquí sólo un par de ejemplos:

Patrick Charaudeau dice, en “Reflexiones para el análisis del discurso populista” (2009), que el populismo:

Se sirve de las estrategias persuasivas de cualquier discurso que consisten en captar a su público en nombre de valores simbólicos que afectan a la razón y a la emoción.

En estas condiciones, el discurso populista sólo puede ser visto como una transformación del contrato político, como una estrategia de manipulación (…) (Charaudeau, 2009, p. 264)

Para estos fines manipulatorios, arma un discurso que escenifica –según el mismo Charaudeau:

  • Una descripción catastrófica de la situación social
  • Sobre la causa del mal y los culpables
  • La exaltación de valores
  • La aparición del hombre providencial (Charaudeau, 2009, p. 264)

Flavia Freidenberg en La tentación populista (2007) indica que el populismo no es sólo una forma de construir lo político, sino que específicamente es la construcción de un liderazgo peculiar (Freidenberg, 2007, p. 25).

Así pues, la esencia del populismo entendida en estos términos peyorativos tiene que ver con la construcción discursiva grotesca de un líder providencial con aparentes fuerzas sobrehumanas para resolver todos los problemas de una nación y siempre en nombre de un pueblo desvalido.

Pero bajo estos supuestos el concepto mismo se escapa de las manos. Si observamos la caracterización de Charaudeau y la forma política de Freidenberg haría falta preguntarse ¿cuál es la diferencia entre discurso político y discurso populista, por ejemplo, en México? Pues la construcción discursiva de una situación catastrófica, la causa del mal, exaltación de valores y aparición del hombre providencial son discursos que encontramos sincrónicamente –y en diferentes grados- desde Vicente Fox hasta Enrique Peña Nieto (pasando obviamente por Andrés Manuel López Obrador) y diacrónicamente desde José María Morelos hasta Luis Echeverría.

Cuando se habla de populismo y este líder salvador, se apela también a una “masa” borreguil, impedida para razonar que se movilizará con pánico, con exaltación que llega a cumbres de embriagues, así como Le Bon lo caracterizaba en el siglo XIX.

Para Lebon la actuación de los sujetos en masa inhibe la razón, quita los frenos morales que las personas se imponen en solitario. En multitud aparecen los gestos mas primitivos del hombre al cobijo de la impunidad de la masa (en contraposición a la punibilidad del individuo).

Para LeBon, en la masa aparecen:

  • Sentimiento de Potencia invencible que hará desaparecer el sentimiento de responsabilidad
  • Un contagio mental de todo sentimiento
  • Un alto nivel de sugestibilidad (Le Bon 1895 (2004), p.16-17).

Delante de esta masa “contagiable”, “sugestionable” y “embriagada de poder” aparece un líder con prestigio[1] o la fascinación que un individuo puede lograr sobre la multitud.

Como se observa, la mayoría de trabajos apelan a esta forma ontológica para entender el populismo. De vez en cuando se suma otro trabajo que agrega una supuesta característica nueva, “descubierta” bajo contextos concretos.

¿Cuál es la otra propuesta de populismo?

A partir de la década de 1980, Chantal Mouffe y Ernesto Laclau retomaron el concepto de Populismo, dándole otras características. Para estos autores no es el sinónimo de una grosera práctica demagógica sino una lógica de la política, una manera a través de la cual se puede interpretar el desarrollo de la política. En la cual están en juego una serie de mecanismos que buscan imponer un sistema hegemónico de producción de la sociedad.

Esta lógica política está compuesta por la formación de una cadena equivalencial entre diferentes sujetos que logran conformar un proceso de identificación (aunque precario y siempre contingente) a uno u otro bloque hegemónico, un exterior constitutivo: ese Otro que impide la realización última de la sociedad (aunque siempre provisional) y la frontera antagónica entre ambos como lugar de confrontación.

El populismo recibe su nombre porque la lógica política consiste en la apropiación de este significante[2] y su llenado con una serie de significados que interpelen al mayor número de sujetos, y dentro del cual puedan asumirse y ser asumidos como parte constitutiva.

Como el contenido de este significante “pueblo” es contingente (puede ser constituido desde cualquier referente) éste atraviesa todo el espectro político. En otras palabras, es posible la constitución de populismo de derecha o de izquierda, ello depende del lugar (político) desde donde se enuncie, apropie y se de contenido. Desde el We the people de los patriotas americanos, el de los Sans Culottes franceses del siglo XVIII, al Pueblo de Perón en Argentina o el de Echeverría en México.

Esta definición le quita la carga peyorativa al término, el pueblo aquí es un significante vacío que va a servir al lugar político para la interpelación de los ciudadanos. Así pues, pierde sentido la pregunta ¿el populismo es bueno o malo? Pues no se trata de una práctica de engaño sino la manera en la cual se constituye y hace inteligible la política misma.

¿Para qué sirve esta propuesta?

En nombre del pueblo se movilizan un sin fin de propuestas hegemónicas[3] de sociedad. A través de la idea (siempre mistificada) de un pueblo y la disputa por la legitimidad de este significante, se construyen y se erigen las propuestas políticas diferenciadas. Pensando en esta lógica de la política ya no se trataría de una indefinición conceptual que, en última instancia, reduce al populismo a un sinónimo de demagogia, sino como una forma específica de entrar al juego de la política.

Este tipo de giros en la manera en que se ha hecho inteligible el populismo a permeado y concretado proyectos políticos como el del partido político Podemos en España, el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner en Argentina o la campaña electoral de Jean-Luc Mélenchon en Francia.

Por otro lado, las caracterizaciones de populismo como la de Gustavo Rivera Loret de Mola, poco aportan a la manera en que se hace inteligible el juego político. Según lo referido por este autor el populismo se caracteriza por:

1) una estrategia política, 2) caracterizada por el posicionamiento de un liderazgo personal en una masa heterogénea de seguidores 3) a través de vínculos directos o cuasidirectos que suelen desplazar a los partidos políticos, y que, en el plano simbólico, 4) suelen estrecharse a través de a) mítines masivos, b) discursos inacabables en radio y televisión y, en años recientes, c) interacción directa en las redes sociales. (Nexos, 2016)

Obviando el hecho de que con este ejercicio intentó descubrir el agua tibia (poca diferencia podemos encontrar con lo dicho por Charaudeau y muchos otros durante ya un siglo), el populismo parece cualquier cosa. Me es difícil pensar qué candidato político (independientemente de su partido o causa, país o región) se salva de entrar en esta caracterización.

  1. No hay un sujeto político, con una mínima pretensión de gobernar, sin una estrategia política, 2. En el sistema institucional occidental los liderazgos personales están sedimentados por instituciones (Los partidos políticos, los sindicatos, hasta instituciones de base cuentan con líderes). Por otro lado, no hay validez en pensar a una “masa heterogénea de seguidores” (sic), para ello cabría preguntarse ¿es que ha habido en la historia de la humanidad una masa homogénea de seguidores?, por lo cual el argumento pierde toda validez pues busca hacer una diferenciación inexistente (no hay un pueblo homogéneo como él supone que pueda contraponerse al heterogéneo al que debería interpelar el líder populista).
  2. El desplazamiento de los partidos políticos en la mayoría de los casos es parcial, es decir se desligan de los partidos tradicionales fundado nuevos como manera de reformular el juego político pero no como característica propia del populismo (Emmanuel Macron en Francia acaba de dar el campanazo sobre esto). Esta práctica es desarrollada por una pléyade de personajes tan variada que pierde consistencia como una excepción, como ejemplo baste mencionar a Mauricio Macri y la fundación del Partido Compromiso Para el Cambio en 2005 o la fundación de Orden Republicano en Chile, por Augusto Pinochet Molina, nieto del celebre dictador homónimo. Es intencional poner estos ejemplos tan extremos para mostrar que no hay consistencia entre una supuesta excepcionalidad populista con estos términos y lo que sucede con cualquier otro grupo político.
  3. Y finalmente, los mítines masivos, discursos inacabables y la interacción directa en redes -que parecieran recursos exclusivos del líder populista- en realidad son recursos utilizados por todas las figuras políticas[4]. Sería descabellado y políticamente suicida pensar aun candidato (el que se quiera y de sello político cualquiera) que prescinda de alguna de estas acciones de campaña[5]

Así pues, populismo suena a todo y toca a todos los inmiscuidos en procesos electorales, pero de lo que nadie se quiere “manchar”. El propio Charaudeau mencionó que el discurso populista “(…) maneja las mismas categorías que el discurso político, pero en exceso, un exceso que juega sobre la emoción en detrimento de la razón política, emoción capaz de engañar al pueblo sin que éste sospeche” (Charaudeau, 2009, p. 264). Afirmando así que el populismo no tiene consistencia óntica propia. Luego entonces, para autores como Charaudeau hablar de populismo requiere de tautologías, explicarlo como una simple exageración del “discurso político”.

Si apelamos a una supuesta esterilidad ontológica del populismo como práctica demagógica ¿por qué sigue existiendo y generando más y novísimos papers? Yo respondería a ello mencionado que éste funciona como recurso político, porque es utilizado como herramienta de denuncia de un supuesto peligro siempre inminente y siempre presente, en contraposición a una supuesta racionalidad no populista, porque es presentado como la más rapaz de las mentiras “electoreras”. En si, es una efectiva arma de ataque al adversario político en los medios de comunicación, con especial repunte en las épocas electorales. De ahí pues que no interese su utilidad como elemento explicativo de la lógica política sino como denuncia de una supuesta candidatura engañosa.

La importancia de la propuesta de Laclau reside en que le da potencia al término como forma de pensar a la política y en algunos casos mencionados como herramienta a partir de la cual introducirse en el juego político a través de la construcción de una frontera antagónica entre propuesta hegemónicas diferenciadas, dentro de una batalla por apropiarse de sentidos que interpelen a los ciudadanos.

Un posicionamiento.

Este texto no es una defensa del pensamiento laclausiano (¿a quién le serviría eso?), sino un aporte para comprender las diferentes configuraciones explicativas que sobre el concepto “populismo” se han hecho y sus alcances.

Por ello tampoco es un ataque a ninguna postura. Escritores como Rivera Loret de Mola ya tienen suficientes problemas redescubriendo la rueda, lo cual considero válido (incluso curioso) pero poco productivo.

No obstante también es intención de este texto posicionarme en el espectro político. Para los que nos asumimos como individuos de izquierda y que exigimos un mínimo de coherencia e integridad en los proyectos políticos, la lógica política que ofrece la propuesta populista de Laclau tiene la capacidad de convocar y hacer surgir nuevas formas de entender y hacer política, sin embargo, no parece haber una propuesta diferenciada viable, posible o cuando menos sostenible en México.

Andrés Manuel López Obrador ha buscado construir un pueblo articulando a través de sus discursos a los sectores más pobres de la sociedad a través de la promesa de una redistribución de la riqueza, ensanchamiento de las políticas sociales y renacionalización de los sectores productivos. A los sectores medios promete democratización, alto a la corrupción y… “esperanza”.

Desgraciadamente su discurso carece de una propuesta política verdaderamente diferenciada. La redistribución de la riqueza no modifica las dinámicas ni las relaciones de producción y reproducción del capital, en ese sentido no tiene posibilidad de modificar en lo más mínimo la sistemática transmisión intergeneracional de la pobreza en México y por ello se postula como otra cara de la misma oferta política.

Por otro lado, su falta de claridad en cuanto a las políticas públicas y los procesos asociados a ellas son una ausencia grosera que cuando menos insulta la inteligencia de sus votantes.

Lo que se requiere es un nuevo centro, fuera de la maltrecha (y mal dicha) izquierda mexicana. Que proponga nuevas formas de producción social y, a través de ello, logre articular a todos esos sectores que han quedado o que se perciben a si mismos como excluidos. Un centro que impulse una propuesta política verdaderamente diferenciada y que no sólo tenga impacto electoral con discursos lacrimógenos sino que logre cuestionar la forma en que se desarrollan las relaciones entre los individuos y nuestro entorno.

Referencias.

  • Freud, S. (2013). Psicología de las masas y análisis del yo. FV Éditions.
  • Aricó, J. (2011). Nueve lecciones sobre economía y política en el marxismo. El Colegio de Mexico AC.
  • Le Bon, G. (2004). Psicología de las Masas. Estudio sobre la psicología de las multitudes.
  • Charaudeau, P. (2009), “Reflexiones para el análisis del discurso populista” en Discurso y Sociedad, Año 3, Número 2, Junio 2009, 253-279.
  • Freidenberg, F. (2007). La tentación populista: una vía al poder en América Latina. Madrid: Síntesis.
  • Rivera Loret de Mola, A. (1 de marzo de 2016), Populismo: La estrategia antidemocrática. México: Nexos. Extraída de http://www.nexos.com.mx/?p=27734

[1] Término tomado de la Crítica que Freud hace al trabajo de Le Bon en la Psicología de las Masas y el análisis del Yo (Freud, 2013, p.7)

[2] Por ello Laclau lo nombra como significante vacío como “un punto, dentro del sistema de significación, que es constitutivamente irrepresentable” , pero que es un vacío que puede ser significado” (Laclau, 2006, p. 136) y que dicho significado es –por naturaleza- contingente y parcial.

[3] Entiéndase hegemonía en el sentido Gramsciano retomado por José Aricó como la “(…) dirección intelectual y moral ejercida por el grupo dominante, lo cual equivale a una dirección general impuesta a la vida social (…)” (Aricó, 2011, p. 264).

[4] Como dato curioso y que corrobora la crítica, el 1 de abril de 2017 Mauricio Macri como presidente de la República Argentina convocó a una marcha multitudinaria “por la Democracia” y nadie se atrevería a llamarlo populista dentro de los cotos de esta definición.

[5] El partido más institucionalizado de México, el PRI, durante toda la década del siglo XX y XXI hizo gala de mítines multitudinario, discursos interminables (véanse los discursos de los presidentes durante la década de 1970, por ejemplo).

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