Día de muertos. Aquí se respira lucha

 

Mariana Brito Olvera

“Nosotros, los sobrevivientes, ¿a quiénes debemos la sobrevida?, ¿quién se murió por mí en la ergástula?, ¿quién recibió la bala mía, la para mí, en su corazón?, ¿sobre qué muerto estoy yo vivo?”, escribe Roberto Fernández Retamar al triunfar la Revolución cubana. ¿Sobre qué muerto estoy yo viva?, me pregunto mientras mis pies recorren las calles de México, las calles de Buenos Aires, las calles de nuestra América. ¿Quién recibió la bala mía en su corazón? Pienso en las balas que atravesaron a los dos compas de Ayotzinapa este cuatro de octubre, a dos días de la conmemoración del dos de octubre de 1968, fecha en que el gobierno priísta ordenó que una lluvia de balas cayera sobre cientos de estudiantes en Tlatelolco. Pienso en los agujeros en los cuerpos de los profes de Nochixtlán en junio de este año, pienso en su sangre, igual a la mía, expuesta ante los ojos de todxs. Pienso en las siete mujeres que a diario son asesinadas en México y pienso en todo lo que me vincula con ellas. Pienso en nuestros cuarenta y tres compañeros normalistas aún desaparecidos y en los asesinados ese 26 de septiembre de 2014. Pienso en Julio César Mondragón, normalista encontrado con el rostro desollado, y pienso en ese terrible acto como un intento del Estado mexicano por despojarnos de nuestra identidad: Julio César era estudiante, pobre, campesino, organizado.

Pretenden desollarnos para que olvidemos quiénes somos, que olvidemos nuestro rostro, nuestras arrugas, nuestras marcas de expresión histórica, nuestros gestos, el color de nuestra piel y nuestros ojos, nuestra mirada. Pero la piel es de todos, y por eso cada dos de noviembre nos reunimos para recordar el rostro de Julio y el de todxs lxs que nos faltan. Ante este Estado genocida que le apuesta al olvido sepultando nombres y rostros entre tantas cifras de asesinadxs y desaparecidxs, la memoria es un acto de resistencia. Quisieran que nos perdiéramos entre los números, en las cuentas infinitas de nuestrxs muertxs; quisieran que nos pasáramos la vida sumando y restando, juntando pedacitos de nosotrxs mismxs, pero en este día seguimos diciendo bien alto que no olvidamos.

La memoria de los hombres y mujeres flota en la tierra en la que vivieron, y se le respira, dijo alguna vez José Martí. Respiramos la lucha de Ayotzinapa, la de lxs profes de la CNTE y con ellxs llenamos nuestros pulmones del más digno aire que exige una educación pública y gratuita, para todxs. Sentimos la respiración de lxs asesinadxs en la colonia Narvarte en 2015. La de Rubén Espinosa y la de todxs lxs demás periodistas asesinadxs en México por decir la verdad, por empuñar la pluma y la cámara como armas vitales para la lucha. Escuchamos la agitada y viva respiración de Nadia Vera, y con ella sentimos el poder de las movilizaciones del #Yo Soy 132, movimiento que peleó contra la imposición presidencial de Enrique Peña Nieto. Sentimos la respiración de Alejandra, empleada doméstica; la de Mile, la compañera colombiana, la de Yesenia, y con ellas nos llenamos de la indignación necesaria para reclamar la vida de todas y todos.

Porque todas esas muertes son nuestras muertes, sus vidas son también nuestra vida. Esa es la memoria que respiramos y por eso su lucha se multiplica.

Asamblea de Mexicanxs en Argentina

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